Dada la envergadura del proyecto, el artesano resuelve contar con la dupla Byron Crabbe/Mario Larrinaga como asistentes. Juntos dan forma a la figura de escasos 45 centímetros que domina la acción, además de numerosos modelos a escala, una mano para cuando Kong sostiene a Fay Wray, un busto utilizado en los planos cortos y un gigantesco pie con el que la bestia pisa a los nativos. Será un esfuerzo titánico para sus limitados recursos, pero el increíble realismo alcanzado por O’ Brien en King Kong termina por arrasar las taquillas en marzo de 1933 y levantar todo un mito en torno al gigantesco simio, en un trabajo que aún hoy sorprende.
Dicho impacto calaría hondo en un joven aficionado al cine, el que tiempo después se convertiría en su asistente y sucesor, Ray Harryhausen: “Estoy seguro de que todo aquel con un poco de respeto por los logros técnicos y artísticos en el cine, tiene que admitir que esta fascinante película es única como monumento a la imaginación, la habilidad y al entretenimiento”.
Como era previsible, los dividendos cosechados por King Kong estimulan una pronta secuela. Es 1933 y The Son of Kong reafirma el talento de un especialista cuyo impecable desempeño resalta en la dirección de Ernest B. Schoedsack, quien había codirigido la película original. Pese a ofrecer una idea gastada y no contar con Fay Wray (considerada la primera scream queen del celuloide), el filme consigue buena aceptación y resulta un contenido aporte a la saga.
Los años se suceden con variadas colaboraciones y experiencias, como su espectacular secuencia de erupciones volcánicas para The Last Days of Pompeii (1935). Con todo, la impronta de King Kong ensombrece el trabajo de O’Brien y durante los siguientes años no encuentra apoyo para nuevos proyectos, lo cual se suma a la tragedia desatada cuando su ex esposa balea a sus hijos, para luego suicidarse.
Habrá que esperar a 1947 para que retome la actividad con Mighty Joe Young, un regreso al tópico de los simios nuevamente dirigido por Schoedsack. Tras tomar como discípulo al joven Ray Harryhausen, ambos especialistas asumen el intenso trabajo que se corona en 1949 con la excelente recepción en las salas y un merecido Oscar a los efectos visuales; no obstante, para su segunda colaboración en The Animal World (1956) los visos de agotamiento del maestro son notorios…
Es así como el ritmo productivo de O'Brien vuelve a decaer, mientras las pantallas comienzan a poblarse con criaturas más extravagantes y amenazadoras que sus colosales gorilas. Promediando la siguiente década, el mago busca revalidar su vigencia con discretas entregas, entre las cuales sólo destacan la paupérrima The Black Scorpion (1957) y The Giant Behemot (con un brontosaurio radioactivo arrasando Londres en 1958), para luego pasar a un discreto semiretiro en Los Angeles hasta su muerte en 1962. El relevo es entregado a su pupilo, quien prosigue el legado al margen de su mentor.
“...mucho después de que nos hayamos ido todos,
su magia pervivirá a través de los años en este mundo”.
- Ray Bradbury



