La bohemia de los cafés madrileños inyecta frescura en Teresa, quien pasa largas jornadas cantando, recitando versos de Tagore o en amena charla con los escritores Gómez de la Serna, Gómez Carrillo y el chileno Joaquín Edwards Bello. Este último la evoca años después envuelta en una capa negra con grandes flecos y un sombrerito de tul, afirmando que “dio a conocer ese genio alerta, ágil y audaz de las artistas chilenas”. Son meses intensos, donde participa en recitales en El Ateneo de Madrid, alterna con Azorín y Pío Baroja, es inmortalizada por los pintores Anselmo Miguel Nieto y Julio Romero de Torres e incluso se convierte en la musa del célebre Ramón Valle-Inclán.Entre Madrid y Barcelona publicó En la Quietud del Mármol, una elegía en primera persona compuesta por 35 fragmentos que prologó su amigo Gómez-Carrillo y cuyo motivo central fue en el rol mediador del amor en la vida y la muerte. Pronto se suma Anuarí, trabajo prologado por Valle-Inclán e inspirado en ese admirador suicida, ahora un objeto de un deseo imposible, tomando además el seudónimo de Teresa de la Cruz. Pero la vida itinerante no cesa y en agosto regresa a Buenos Aires por cerca de un año, estrenando El 24 de febrero de 1919 Cuentos para los Hombres que son Todavía Niños, evocaciones de infancia y ciertas experiencias vitales que presenta en narraciones de gran originalidad y fantasía.
El 10 de junio de 1919 se embarca rumbo a Europa, arribando a Londres el 26 de junio. Las breves semanas en la capital inglesa resuelven su regreso a España (“Hoy a las cuatro de la tarde decido mi viaje. Más bien dicho, lo decide el prestamista en cuyas manos he dejado hasta la camisa...”), donde se reúne con sus antiguos amigos, intercambia misivas con Valle-Inclán e intenta nuevos destinos en Córdoba, Sevilla y Granada. Ya lo consignaba su diario al salir de Buenos Aires: "He huido de Argentina porque mi destino es errar".
En 1920 Teresa fija residencia en París. La leyenda local le atribuye la sangre azul de los Hohenzollern, mientras ella destina sus días a idolatrar al Anuarí que ahora idealiza hasta compararlo con Cristo ("muchas veces los he seguido... pero más valiera haber muerto a tus pies...") y hace del amor la razón última e inalcanzable para la existencia femenina. Allí la encuentra la poetisa Sarah Hübner, cuya romántica descripción de la joven envuelta en sedas, calzada con chinelas de raso y adornada con plumas de avestruz es casi premonitoria: "Sobre los hombros, una capa de color coral encendido... pone reflejos de fuego en su hermoso semblante, bañado de una palidez intensa, casi lívida".
Sin embargo, su estancia se remece al enterarse de que su suegro obtiene un cargo diplomático en el lugar y que viaja hasta allí junto a las pequeñas Elisa y Sylvia. Mediante las gestiones de algunos amigos, la escritora se reencuentra con sus hijas tras cinco años, como después recordó Sylvia: "Con mi hermana y 'mi mamita', íbamos por Les Champs Elysées cuando se detuvo un taxi y nos hizo señas una mujer con una capelina negra. Nos acercamos. Yo la quedé mirando abismada de su belleza. Tenía unos ojos de una profundidad increíble. Se acercó para abrazarme y me dijo: '¡Mi amor, yo soy tu mamá!'”.
Se acordaron visitas dos días a la semana, pero llega el momento en que las niñas deben regresar a Chile con sus abuelos y el dolor arrebata a Teresa, quien desde entonces se encierra en su habitación de la Avenue Montaigne donde casi no come, fuma en exceso y toma medicamentos para adormilar sus sentidos. Las últimas páginas de su diario anuncian el desenlace ("Morir, después de haber sentido todo y no ser nada...") y el 22 de diciembre de 1921 es ingresada al Hospital Laënnec tras ingerir una alta dosis de veronal, falleciendo el día 24 con apenas 28 años.
Breve lapso para una mujer que supo del pobre valor asignado por la sociedad chilena al sexo femenino, donde el doctor Andrés Rodríguez Alarcón es quien describe con más crudeza el sino de la escritora: "...la historia clínica de Teresa Wilms Montt, es la de una mujer de un alto coeficiente intelectual, con un problema de falta de integración social y madurez de carácter y casi seguramente condicionada por una neurosis maníaco-depresiva con posibles rasgos psicóticos que la llevaron a una serie de intentos de suicidio culminados en una autólisis a la edad de veintiocho años".
El deceso de Teresa Wilms cala entre propios y extraños, apurando en 1922 la salida de un postrer homenaje: Lo Que No Se Ha Dicho. Reuniendo algunos relatos conocidos junto a los apuntes de una posible novela (Sylvia) y las últimas páginas de su Diario - dividido en tres partes que equivalen al canto, el rezo y el lloro del tránsito humano - resulta rico en metáforas y alegorías, destacando sobre todo la denuncia del Amor concebido como un recurso más para reducir a la mujer frente al hombre ("Renunciaré a mi conciencia y seré bestia humilde, con los ojos vueltos hacia la tierra...”).
Traducido al inglés e incluso editado en China, su legado es empero silenciado por críticos que – molestos con sus planteamientos de ruptura frente al medio - eluden el análisis sistemático de su poesía, cuestionando su talento para centrarse en su azarosa vida o en su belleza (cantada por Vicente Huidobro y Juan Ramón Jiménez); ni siquiera sus propias congéneres evitan referir la condición de 'símbolo sexual' que le cuelgan sus colegas varones, lo cual margina a la poetisa incluso en su muerte. No será hasta 1993 que su vida y obra obtenga justicia, cuando Ruth González Vergara revela a la mujer tras el mito en Teresa Wilms Montt: Un Canto de Libertad.
Mezquino epitafio para una adelantada mujer que, de haber nacido medio siglo más tarde, pudo surcar un sino más amable; mas sólo supo del rechazo entre quienes sólo vieron en ella (¿Y en cuántas otras?) un objeto bello e improductivo.
“Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había. Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido”.
- Teresa Wilms Montt, 1921.
4 comentarios:
¡Que mujer admirable era esta Teresa!
Yo la descubrí cuando estaba en el liceo a través del libro de Ruth González que mencionas... Estaba olvidado en uno de los estantes de la Biblioteca municipal y yo era casi la única que lo pedía.
Su vida era digna de novela... Digna de todo. Coincido contigo en que, de haber nacido medio siglo después, este desprecio aberrante que sufrió en vida no habría sido tal... Quizás no con tanta alevosía.
Somos muy pocos en Chile los que sabemos de ella... Ojalá fuéramos más... Muchos más.
Saludos
Deberían hacer una buen película o miniserie.
Pero qué historia tan emocionante. Hay escritores y artistas que nacen para personajes de una gran historia, independientemente de sus obras (o precisamente ligados a ellas).
Te dejo. Voy a leerla otra vez y recomendarla a una persona que sé que se volverá loca con esta historia.
Anoto en mi lista de futuras lectoras a esta poetisa que desconocía.
Saludos trasatlánticos.
Errar... hermosa y aveces máldita palabra (sonrisa)
Saludos
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