
Toda una elegía a la naturaleza del Mal, cuyo traspaso a la historieta en 1965 contó con guiones del propio Marino y un desfile de artistas iniciado por Roberto Tapia Tom. 105 números originales que se extienden a un segundo volumen donde confluyen el suspenso, moralejas incómodas y un hálito castizo más próximo al legado de su contemporáneo Narciso Ibañez Menta que a la manoseada (e inexacta) cita a los legendarios cómics EC.
Así, las expectativas generadas por la novela gráfica Mortis: Eterno Retorno no podían ser mayores. Renovar viejos mitos siempre conlleva riesgos, como atestiguan infortunados casos de El Eternauta sin Oesterheld o la Vampirella en su etapa post-Warren; más aún con tamaño personaje, arraigado en el gusto popular y de amplio recorrido por viñetas, radio y TV.
Por fortuna, la tarea asumida por Miguel Ferrada e Italo Ahumada (guionista y dibujante, respectivamente) añadió a su tenacidad una cuota de astucia, generando una sólida campaña en redes sociales y la sugestiva precuela In Absentia Mortis que – a punta de entregas gratuitas - abrió el apetito a coleccionistas, curiosos y nostálgicos. El retorno de Mortis se hacía sentir… ahora bastaba medir su impacto.
Las Cenizas del Tiempo

Respaldada en la impecable edición de Arcano Cuarto, Mortis: Eterno Retorno encara sin prejuicios su calidad de novela gráfica, disfrazando la sobriedad de elegancia mientras clama desde su logo el vamos a un nuevo ciclo. A esto contribuye la labor del premiado Claudio Romo en las portadillas, relevando a las macabras acuarelas que brindara Manuel Cárdenas en la vieja colección.
Y es que jamás disimula su afán rupturista, como bien supo Juan Marino al dar su venia el 2005. Lejos de insistir con un dinosaurio gótico, Ferrada apuesta por trazar una identidad que respeta la fuente, pero exhorta al lector novel con una narrativa dinámica y donde la sencilla distribución de viñetas se entrelaza con notas en prosa que complementan el universo Mortis: Sólo hay un protagonista y es el relato.
Por esto la intencional ausencia del villano, que ahora prescinde de clichés mefistofélicos para asumirse como el rumor invisible que impregna su maldad en los acontecimientos; un recurso ya probado en las letras (Maupassant) y el cine (Night of the Demon) que el guionista remoza en Mortis: testigo invisible a los intentos del sacerdote Hans Libby y el CIEH (Centro de Estudios extrahumanos) por detener la amenaza que creyeron erradicar décadas atrás en la ignota isla del Pacífico apodada Punto Nemo (alusión a la extraterrena R’lyeh, según algunos).
El dibujo de Ítalo Ahumada acusa oficio y técnica. Su manejo con los tiempos es soberbio, pero en su empeño por abrazar un trazo realista tiende ofrecer fondos descuidados e intermitentes claroscuros que pueden extraviar al lector. Ciertamente no le acompleja desdeñar la escuela clásica (Ingels, Wrightson, Fernández), una decisión grata que ojalá madure en el tiempo.
Quizás la tinta a sangre sea un error discutible. Y aunque la fórmula no está en resucitar el manido efectismo de Creepy, la experiencia de John J. Muth, Carlos Puerta o John Van Fleet en lides similares sugiere buenas alternativas que tampoco involucran el uso del color.

En fin, Mortis ha vuelto. Una resurrección exitosa gracias al esmero de sus conspiradores y a la apuesta editorial por entregar un producto serio; obra satisfactoria y recomendable a ojos cerrados, su triunfo sobre la condescendencia es la dura lección que entrega a la nueva historieta chilena.
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