lunes, julio 04, 2011

CUENTOS DE HADAS: Parábolas de Sangre y Sexo


“Los cuentos de hadas son en verdad muy antiguos. Versiones muy primitivas que ya presentan puntos comunes y allí es donde sin excepción se les encuentra”.

- John Ronald Reuel Tolkien.

Desde sus tempranas nociones en el Antiguo Egipto (1300 a. C), los cuentos de hadas reflejan la pauta cultural que los vio emerger. Estudiosos como Vladimir Propp o el sistema Aarne-Thompson ven en su génesis posibles rasgos iniciáticos, refiriendo las violentas pruebas tribales que atravesaban los adolescentes; a ello incorporan metáforas diversas, conectando fenómenos naturales, normas a respetar y también los terrores primarios de las sociedades nómadas.

Y aunque su impronta mágica se arraiga desde les Contes des Fées de Madame D’Aulnoy (1697), la evidencia estilística indica que todos los cuentos populares - junto a muchas colecciones posteriores - abrazaron las formas literarias imperantes, siendo reelaborados según el capricho y el interés de su época.


Érase una vez…

Fue el intelectual Charles Perrault quien recopila los llamados Cuentos de Viejas y los presenta en 1697 a la Versalles de Luis XIV, por entonces una corte licenciosa e ignorante a la que evita hostigar con párrafos superficiales y segmentos violentos (añadiendo eso sí moralejas sobre la conveniencia del matrimonio o la falsedad castigada); no obstante, varios relatos ya alcanzaban popularidad gracias a los Cuentos de mamá Oca (1660), favoritos entre la juventud por sus versiones cargadas a una violencia y sexualidad explícita que a nadie incomoda:

Así, no sorprende que en Pulgarcito un matrimonio de leñadores abandone a sus hijos a la orilla del bosque por no poder alimentarlos, algo tan común en la Edad Media que también recoge Hansel & Gretel. Destinados a ser la cena de un ogro, son liberados por el diminuto y feo Pulgarcito, quien engaña a su captor para que degüelle y engulla a sus propias hijas mientras escapa junto a sus hermanos con las riquezas robadas.

Caperucita Roja surge en la tradición oral francesa del siglo XIV, con un lobo sirviendo a la niña trozos de su abuela para que los coma; luego la invita a desnudarse y compartir el lecho, excusándose Caperucita con que debe defecar y sale al patio amarrada de un pie, aprovechando de escapar. Perrault cambia el final haciendo que ambas mujeres perezcan devoradas, como lección a las niñas que han menstruado sobre ser cuidadosas en la iniciativa sexual.

Por su parte, la Cenicienta original titulada Ann del Tlaco muestra a las celosas hermanastras mutilándose los pies para calzar en el zapato, pero dos pájaros advierten al Príncipe del engaño y ciegan a picotazos a las perpetradoras. George Cruikshank reescribe en 1854 con intención de ensalzar la abstinencia.

Trasfondo moral que también acusa La Bella Durmiente, cuya versión primigenia Sol, Luna y Talía (1634) incluye la violación de Talía por un príncipe mientras duerme hechizada. Los gemelos que nacen del acto retiran la astilla mágica, justo cuando la esposa del príncipe descubre su existencia y ordena asesinarlos; será el propio violador quien – irónicamente – les rescate a último momento, matando luego a su mujer y casándose con la joven ¿Moraleja? “El que tiene suerte que vaya a la cama y la felicidad lloverá sobre su cabeza”.

Sentido Nacional

A comienzos del siglo XIX, los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm buscan restaurar el folclor germano anotando los viejos cuentos que oyen al viajar por los principados alemanes (algunos señalan que realmente se los contó su joven vecina Marie Hassenpflug). Pioneros en recoger no sólo la trama y los personajes, sino también el estilo de los relatos, sus primeras ediciones para Cuentos de Niños y Hogar (1815 y 1817) son una honesta selección que ellos mismos corrigen hacia 1819, borrando las connotaciones sexuales e incorporando el elemento burgués (el leñador de Caperucita Roja, por ejemplo) a fin de evitar las críticas.

Poco después, el danés Hans Christian Andersen presenta en sus Historias de Aventuras para Niños (1835) un cariz innovador que, sin embargo, añade al género un temor cristiano hacia Dios; manifiesto en la condena a La Sirenita por tentarse a la brujería o en la vanidad castigada de Los Zapatos Rojos (asomando también la culpa hacia su frustrada homosexualidad). Se agrega después Eleanore Mure, recreando en Ricitos de Oro (1831) el viejo cuento escocés sobre una mujer rezongona que por robar a los tres osos tacaba empalada en la aguja del campanario.

La publicación de Alice’s Adventures in Wonderland (1865) despeja la senda hacia un cuento más satírico, con Lewis Carroll reorientando el temor a crecer en favor de la revelación lúdica. Su visión construccionista invita a la interpretación personal y desdeña las lecciones morales; algo que reafirman las sucesoras The Wonderful Wizard of Oz (1900), Peter Pan (1904) y The Wind in the Willows (1908).

Finalmente, la propensión a erradicar la violencia tras la Primera Guerra Mundial deriva en un blanqueamiento de las historias originales, donde Walt Disney marca la pauta con su edulcorada Blanca Nieves (1931). Lejos incluso de la reinterpretación Grimm, pocos adivinarían a la joven casadera del cuento original, perseguida por su propia madre para evitar que sus núbiles encantos tienten al padre y acaba en los zapatos de hierro fundido con que la mujer debe caminar hasta morir.

Instaladas así en el imaginario popular, las revisiones de Disney estancan a los clásicos en su rostro más permanente. Para el discurso contemporáneo importa más la reevaluación crítica, sustentada en disquisiciones multiculturales y feministas que vuelcan las antiguas narrativas a la psicología sexual de Angela Carter (The Company of Wolves), el distorsionado subjetivismo de Tim Burton o la parodia servida en Shrek y Enchanted; respuestas que sin embargo no insinúan nuevos senderos.

Será la literatura fantástica donde se aloje el nuevo interés juvenil, usando las convenciones de la prosa, la caracterización y el escenario para reflejar su comprensión más compleja del entorno o sus propósitos de vida. Trazada desde Lord of the Rings, Chronicles of Narnia y The Neverending Story, la tendencia se abre a una magnífica evolución impulsada por el escritor Neil Gaiman (Sandman) y que hoy validan Harry Potter, His Dark Materials o sus incontables imitaciones; crónicas para nuevos tiempos que de cuento tienen muy poco.

3 comentarios:

Syrgo de Enefaso dijo...

muy buen artticulo
los personajes de la imagn son Pjs de rol?

Gonxalo Oyanedel dijo...

No. Si los miras bien, verás a los Eternos de Neil Gaiman.

J.D. dijo...

La sangre y el sexo! Bien escrito.