
Una ilustre mención para el referente inglés de la Dinastía Qing, lingüista extraordinario cuyos escritos guían a una generación de comerciantes y aventureros. Alertas a la apertura oriental del siglo XX, quienes leyeron sus crónicas en el Viejo Mundo no imaginaron que mucho después regalaría un nuevo episodio: el de su habilidad para trazar lucrativas estafas y vender una falsa imagen que encadenó largos prejuicios contra el Imperio Celeste.
Forastero en Tierra Extraña

Nacido hacia 1873 en una familia cuáquera de Darlington - que incluía a numerosos sacerdotes y escolásticos – el hijo del Baronet Jonathan Backhouse asiste a los prestigiosos Winchester y Merton College hasta renunciar por una crisis nerviosa en 1894. Pese a retomar sus estudios un año después, las numerosas deudas personales que acumula apuran su retiro e inmediata huida del país.
En 1899 arriba a Pekín, donde su fluidez idiomática en ruso y japonés le permite asistir al corresponsal del Times Ernest Morrison. Manejando además el lenguaje de la corte, su habilidad para traducir documentos legales y negociar con las autoridades cimenta su rápido ascenso en un escenario pobre de intérpretes, desplegándose como negociante, traductor, historiador, literato, diplomático y espía.
Es entonces cuando toma ventaja de sus dones lingüísticos para reinventar China, país que hasta inicios del siglo XX resulta un misterio para Occidente. Tras anunciar haber encontrado el manuscrito del político Ching-San (supuestamente perdido en la revuelta de los boxers), Backhouse publica numerosas “traducciones” cuya excelente acogida entre los ingleses gatilla un ofrecimiento para la cátedra de Chino en el King’s College londinense.
Reescribiendo la Historia

Aprovechando esta fama de orientalista, Edmond sella una colaboración con el periodista inglés J.O.P. Bland y edita en 1910 China Under The Empress Dowager, relación de una supuesta visita a la legendaria Ciudad Prohibida. Restringida a los extranjeros y hogar de la emperatriz Dowager, el libro la retrata como una manipuladora anciana que envenena a sus enemigos y evita la sucesión encarcelando a su propio hijo; todo aderezado con escándalos sexuales y cotilleo variado que Backhouse falsea descaradamente, dañando la imagen de la soberana entre los europeos.
El éxito del volumen lo lleva a repetir en 1914 con Annals and Memoirs of the Court of Peking. Y mientras China acumula mala prensa, el lingüista dona manuscritos a la Biblioteca Bodleiana de Oxford hasta completar – según algunos biógrafos - ocho toneladas entre 1913 y 1923. Claramente espera ser retribuido con una plaza académica, lo cual no ocurre ante la dudosa procedencia del material que rebasa los 17.000 ejemplares e incluye 6 tomos de la inapreciable Enciclopedia Yongle, datada en el siglo XIII.
Backhouse no pierde tiempo y pronto extiende tratos secretos a empresarios que ansían negocios con China. En 1916 informa a la American Bank Note Company que el imperio adoptará el moderno papel moneda occidental, requiriendo imprimir a la brevedad 650 millones de billetes; con este fin presenta cartas, contratos y otros documentos que traduce del chino y respaldan sellos oficiales… material falsificado por él y de cuya existencia jamás se enteró la Corte.
Con similar astucia persuade a la John Brown and Co. que la Marina Imperial China (compuesta entonces por juncos de madera) busca seis navíos de 10.4000 toneladas para la defensa costera. Presentándose como delegado imperial, extiende las negociaciones por seis años hasta declararlas nulas, creando luego un falso arreglo que surtiría a los ingleses con armamento chino durante la Primera Guerra Mundial.
Ambas firmas caen tarde en el engaño, cuando Backhouse ya escapa a la jurisdicción inglesa y prefieren evitar el escándalo. Encima atrae al Servicio Secreto Británico, que le solicita espiar tanto a chinos como a estadounidenses con resultados que – dadas sus maquinaciones – bien pudieron afectar el conflicto.
Post Mortem

En 1918 fallece su padre, convirtiéndose así en el Segundo Baronet Sir Edmund Backhouse. Tras retornar a Pekín en 1922, se niega a comentar los rumores de fraude y permanece en la capital, alternando períodos de reclusión con trabajos para quienes requieran sus habilidades lingüísticas y negociadoras. Hacia 1939 se le ofrece refugio en la Embajada Austríaca, siendo además instado por el cónsul suizo Richard Hoeppli a escribir las memorias que – recién publicadas el 2011 - le mantienen ocupado hasta su muerte en 1944.
Y aunque el baronet no deja descendientes, la imagen que lega sobre China y sus costumbres persiste con tal fuerza que autores como Pearl S. Buck llegaron a perpetuarla. Todo gracias a su mezcla de elocuencia, detallismo y pensar a lo grande, convirtiendo así a su distorsionada visión en un regocijo personal que pocos cuestionaron en vida (destacando al propio Ernest Morrison) y de la cual lucró a destajo.
Por esto sorprende el escaso cuestionamiento de sus contemporáneos, con el célebre sinólogo Jan Duyvendak defendiendo el manuscrito Ching-San en 1924 (se retracta en 1940). Debe esperarse hasta 1991 para que el estudioso Lo Hui-Min exponga las pruebas definitivas sobre el fraude.
Así mismo, en 1973 el historiador Hugh Trevor-Roper recibe un manuscrito con las memorias de Backhouse, detallándose amoríos con figuras que incluyen a Lord Rosebery, Paul Verlaine, cierta princesa Otomana, Oscar Wilde y la Emperatriz China Cixi. También cifra visitas a León Tolstoy y haber actuado junto a Sarah Bernhardt, perfilando una crónica que el historiador no duda en tildar de “noveleta pornográfica” e inspira discusiones bizantinas sobre su mayor o menor validez.
Lo cierto es que Backhouse hizo su negocio, timando a la codicia ajena mientras orquesta una fantasía a la medida de su época. Reivindicado hasta hoy en su papel de burlón, obsequia a la Historia un negro pie de página por su aporte a la ignorancia.
“¿Por qué los occidentales solemos creer estas historias? ¿Alguien le creería a un chino que asegure haber ido a Inglaterra y que tuvo sexo con la Reina Victoria?”
- Bret Hinsch, Profesor de la Universidad Fo Guang.
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